lunes, 19 de octubre de 2009

de la noche aquella

No fueron la embriaguez del ron, del vodka ni del ron otra vez sino fueron tus besos y tus muslos los que me hicieron ceder, caer en pedazos en la milpa, en las estrellas de rohypnoles, en la pupila dilatada del corcel... También, sin duda alguna, fue tu lengua fresca que con dulces movimientos descubrió la esencia de las cosas, paralizó la yerba en el prado, y cogióme de la mano para descansar en mi regazo. No fue el ron, nuevamente, sino tus sinceras palabras ¡vamos a coger! las que me hicieron estremecer...

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